El Terreno

Estamos a unos cuantos días de mudarnos, de hacer de Mambo Mambo nuestro hogar definitivo. Después de  2 años de vivir como nómadas con nuestras cosas guardadas en cajas, sin desesperar, sabiendo que llegaría el día de sacar todo lo guardado y establecernos, no sólo en un nuevo hogar sino en toda una nueva forma de vida.

Tenemos lo básico: un techo, luz y agua, gracias a las lluvias y nuestra cisterna enorme. Todo lo demás son detalles menores. Mucha emoción, algo de estrés y nervios pero entregadas a lo que será esta aventura y confiando en que así como se ha dado todo hasta ahora, seguirá siendo fácil y muy satisfactorio el ver como cada día se va materializando el sueño.

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Después de habernos dado la mano cerrando el trato, yo, Alejandra, me regresé a San Cristóbal con la firme intención de vender lo antes posible pero para eso tuvieron que pasar algunos meses.

Fue en septiembre de 2015 cuando yo, Camila, me aventuré con Chris, compañera de viaje y mente co-creadora de este proyecto, a la costa para buscar terreno. Un viaje de 15 días desde Colima hasta Nayarit parando en las playas que se nos atravesaban, siguiendo la intuición, acampando donde se podía, hablando con la gente de los pueblos preguntando por terrenos en venta. Se nos unían amigos y cada lugar traía sorpresas.

No faltaba el café con rompope por las mañanas imaginando cómo sería vivir en cada una de esas playas. Los cielos eran estrellados y cada noche en una nueva playa la luna se iba llenando. En Chalacatepec, la playa más virgen que conocimos en este viaje, vivimos una impresionante tormenta eléctrica de ramificaciones rosas y blancas. Hacia el cielo, el infinito, hacia la tierra, el infinito y hacia el mar, el infinito. Vimos la luna meterse en el mar y nos quedamos en una oscuridad total, tuvimos que armarnos de valor y confiar en la intuición para encontrar el camino de regreso a la tienda de campaña en medio de una manada de vacas.

Siguiendo hacia el norte pasamos un área grande en conservación por la UNAM y las demás playas, son ya privadas… se supone que las playas son área federal y son para todos y así nada más llegan y cierran los accesos, una de ellas te permite la entrada por una puertita y con horario restringido.

Yelapa es un paraíso, si tienen la oportunidad de ir, háganlo, pero ahí no venden terrenos, los rentan… no me parece mal.

Nos brincamos Puerto Vallarta (vamos huyendo de las ciudades). En Sayulita un buen samaritano nos dió hospedaje gratis en un departamento que rentaba con alberca y hasta nos invitó unas cervezas, espero algún día devolver ese favor a alguien.

En San Pancho, las tortugas desovaban a lado nuestro y en Chacala la luna llena nos iluminó después de una tormenta, haciendo que la bioluminiscencia (o plancton) se viera aún más intensa.

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Todo el viaje pensé mucho en mi abuela, viajera, con su combi, acampando y siguiendo sus sueños.

Cerramos el viaje con un doble arcoirirs y un eclipse de luna roja… así o más magia?. Son esas cosas que te hacen sentir que vas por el camino indicado.

Boca de Iguanas fue de las primeras playas que visitamos. Chris ya se quería quedar ahí. Vimos varias opciones de terrenos y aunque en ese momento no conocimos el que sería nuestro, se nos quedó muy grabado ese lugar.

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Mientras Camila viajaba, yo seguía buscando clientes, llegaban algunos  pero no se concretaba la venta que haría posible que pudiéramos comenzar el proyecto. Incluso una pareja muy interesada en comprar, tuvo que cancelar el contrato y perder el depósito que había dado.

Cuando Camila regresó de su viaje me llamó para contarme todo y me dijo que Boca de Iguanas era uno de los lugares que más le había gustado, así que viajé a Gdl para ir juntas a visitarlo y comprar el terreno.  Tuvimos que esperar varios días porque acababa de pegar el huracán Patricia y las carreteras estaban cerradas. Por fin, a principios de noviembre, llegamos a Boca de Iguanas en la madrugada con la intención de buscar a las personas que Camila había conocido. No fue necesario, después de esperar a que abrieran algún lugar para desayunar, caminando por la calle nos topamos con una inmobiliaria. Entramos y nos atendió la dueña. Le dijimos que buscábamos un terreno en alto, con vista al mar. Buscó un largo rato y se acordó de un amigo a quien le urgía vender uno con esas características.

Al otro día, a las 7 am, pasaron por nosotras un empleado y el dueño del terreno. Lo que no sabíamos  era que el camino estaba destruído por el huracán y que tendríamos que subir caminando con machete y motosierra en mano por la cantidad de árboles caídos.

Nos tomó 2 horas llegar arriba, empapadas en sudor y muy cansadas. ¡La vista era espectacular!  Nos volteamos a ver y sonreímos mientras asentíamos con la cabeza.

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Solo un pequeño detalle, ese no era el terreno. En ese momento no podríamos llegar hasta él por lo difícil del acceso, pero se nos dijo que quedaba al lado derecho de donde estábamos  y que tenía mejor vista.

El regreso no fue más fácil que la subida ¡hacía mucho calor!

Fuimos directamente a la inmobiliaria y le dijimos que sí lo queríamos pero teníamos que regresar ese mismo día a Gdl. Acordamos que yo regresaría en unos días para cerrar el trato y entonces la dueña nos llevó a su casa para que nos diéramos un baño y acto seguido a Barra de Navidad para tomar el autobús de regreso.

El 11 de noviembre del 2015 compré el terreno y al otro día estaba regresando a San Cristóbal para continuar con la venta.

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2 comentarios sobre “El Terreno

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